Hormiga Sube al Árbol.

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La niebla invade la ciudad como si desbordara desde un ánfora. Cuando se haga de día y aparezca el estone con sus rayos de oro líquido, allá en su cielo putrefacto y nauseabundo, va a tender a destruirla, como es habitual en él.
Pero ahora la ciudad es un derivado de Londres, o más bien una de esas ciudades mágicas que proliferan en el universo harryputteriano. Las luces rojas y verdes, preciadas dagas, ?luces del amor; prestidigitan bajo un halo de rush?. Envueltas por el vapor blanquecino, como todo. La ciudad cubierta por una burbuja pesada y húmeda. N No se ve a 20 metros, y está buenísimo. Los autos emergen de las tinieblas, porque más que nieblas son eso: ti-nieblas, como seres temblorosos y confusos en busca de alimento lumínico. O tal vez humano? o tal vez humano. Y Jack, obviamente, como no podía ser de otra manera. Jack the ripper´s blues, como alguna vez supo entonar mi maestro.
La ciudad es eso. Y la niebla. Ciudad y niebla son lo mismo, y no lo mismo. ?Solo esto queda: que Es?. Y una Hormiga Sube al Árbol. Miles de hormigas. Millones de hormigas. Millones de hormigas correteando, jugando tímidas en mis oídos. Infinitas hormigas mordiéndome las venas. Incontables hormigas, un rio de fuego tibio, porciones de mazas críticas de vidrio electrificado y hojalata incandescente que suben por mi espalda, hasta mi cerebro. Hormigas meteóricas, hormigas carmesí, hormigas que viajan en naves azules, hormigas universales. Hormigas salvajes. Y. Animales.
Se disfrazan de notas, de inteligencia, de fragmentos de poemas, de vibraciones sonoras. Corren frenéticas, desquiciadas, de acá para allá, de allá para quién sabe dónde. Hay un par, en particular. Decididamente empecinadas en correr ?a tontas y a locas?.
También hay algunas que se enamoran, y el que no lo crea se puede ir a coser tapioca. Otras, en cambio, siguen sus impulsos naturales, dejándose arrastrar por el río de la vida. No faltan, por supuesto, las que vuelven a tropezar una y otra vez con la misma piedra (?Piedra. Piedra de faso; está hablando del faso?), eterno retorno, etc.
Algunas pasan factura (?A ver si vas a ver? a ver dónde no ves?). Son rockeras, las hormigas. Bien rockeras. Se meten en la sangre y causan circocortitos. ?No lo podemos olvidar: es tan salvaje, es animal?, me gritan. Y hasta hay alguna, medio piantada, que se jacta de usar el funji medio cruzado y las rayas de la camisa cosidas a la piel.
A veces me dicen cosas que no creo llegar a captar del todo (?Los frutos de tu Edén te hacen flasharla bien // El barro helado y gris, pudriendo mi raíz?), o hablan en lenguaje musical-metafísico que se me escapa como colador de fideos chino. Pero las escucho igual. Siento que hay algo ahí, atrapado, en todo eso que dicen o no dicen, o transforman en pentagrama.
Como sea, es claro que todas intentan subir al árbol para absorber esa esponja llena de sabiduría líquida, la manzana del conocimiento. El árbol tiene cera y mucho ámbar. La mayoría quedan en el camino. Algunas siguen trepando, contra la corriente, contra los molinos, contra los molinos cuando hay corriente en Corrientes (nada más necio que una hormiga).
Al igual que los espermatozoides, solo una llega a la copa. Pero la que llega hinca los colmillos y se da el banquete de su vida. ?Un fuego eléctrico?, eso. Y problema resuelto. O empezado, ¿Cómo saberlo?
Pienso en Jack. Y también en mi maestro. Y en cómo les hubiese gustado escuchar todo esto que está pasando, todo esto que pasa (y mientras siga pasando, por lo tanto, Es. Mecánica. Luego, existencia). Me los imagino al lado mío en el bondi, en el último asiento, cada uno en su dimensión para Leila, sonriendo divertidos ante ciertas frases o giros musicales, dejándose arrastrar sin restricciones por el trance que tejen las melodías y auspician los colchones armónicos, con ganas de saltar y romper todo el bondi, en varios momentos, dominados por la adrenalina y el frenesí incontenibles que propone la música, y de esa manera tal vez lastimar al monstruo, hacer sangrar a Thánatos, a Perséfone y a Hades, que caigan a la tierra para que todos vean que son tan mortales como nosotros. Y mientras se desangran heridos, que vengan los tiburones. Que vengan los tiburones de toda la puta tierra. Pero no se puede.
No es tan fácil herir al monstruo. Ni siquiera con esta música, que es alimento onírico. Ni siquiera con esta música. Hola, monstruo. Qué tal, monstruo. Uno setenta, monstruo. 7:30, monstruo; llegué temprano, dame más guita. El ser humano. Animal de costumbres. Esas cosas.

Integrantes

  • Martín Osorio (Voz)
  • Christian García Ríos (Guitarra)
  • Federico "Tata" Busse (Guitarra)
  • Axel Seyler (Bajo)
  • Dr. Fierro (Batería)

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